Siempre hay culpables, personas de carne y hueso que pudieron tomar una decisión pero se inclinaron por otra. Todo “accidente” tiene un responsable. Y no solamente el que estaba detrás del volante.

El uso excesivo de datos, no importa lo impresionante que sean en principio, acaba por saturarnos y hace que perdamos mucho del significado que tienen. Eso pasa con los llamados “accidentes” de tránsito: 24,000 personas mueren y 700,000 son heridos cada año en México, de los cuales entre 20,000 y 40,000 resultan con alguna discapacidad. Cuando hablamos de datos globales las cifras son todavía más escalofriantes: 1,3 millones de personas muertas y 50 millones heridas.

Pero esta racionalidad fría de los datos solo toma forma cuando le damos cara y voz a las personas. Es como si reaccionáramos más por nuestra parte emocional, en una nota publicada en Transeúnte el 31 de julio de 2009 se compartió el caso de Liliana Castillo.

Liliana Castillo, ilustradora infantil de 23 años, cuando cruzaba con su bicicleta por un paso peatonal de la Avenida Universidad a la altura de la calle Mayorazgo de la Higuera, justo en la frontera de Xoco y la colonia Del Valle, fue arrollada por Mauro Gerardo Martínez Toussaint, conductor de un Matiz placas 886-ULV. Liliana murió una semana después, al tiempo que un temblor de 5.9 grados cimbró la Ciudad. Su novio, Oscar Pereira y su familia se enteraron por el periódico. Hoy, si pasan por ahí verán una bicicleta blanca con la que sus amigos y muchos ciclistas urbanos se prometieron a si mismos no olvidarla.

Y así como las cifras se vuelven caras, sonrisas y vidas perdidas, cuando les ponemos nombres, también los “accidentes” dejan de ser hechos aleatorios guiados por la casualidad. El fatalismo del “cuando te toca, te toca” no aguanta un mínimo análisis de causa-efecto. Un hecho incontrovertible es que siempre hay culpables, personas de carne y hueso que pudieron tomar una decisión pero se inclinaron por otra. Todo “accidente” tiene un responsable. Y no hablo solamente del que estaba detrás del volante, cuya culpa no puede negarse.

En el caso de Liliana, de acuerdo al dictamen de seguridad vial que hizo ITDP en aquella ocasión, los coches que vienen circulando por Av. Universidad circulan a gran velocidad entre Av. Coyoacán y Popocatépetl, ya que tienen un tramo de hasta 8 carriles de ancho donde aceleran de manera considerable. A raíz de eso ITDP recomendó reducir carriles, ampliar banquetas, hacer que los coches giren un poco para poder continuar Universidad al tiempo que reduzcan su velocidad, además de semaforizar dos cruces peatonales: en Mayorazgo y a la altura del Metro Coyoacán.

Ninguna de estas recomendaciones ha sido implementada hasta la fecha por la Secretarías de Transporte y Vialidad, de Obras y Servicios o de Seguridad Pública del DF. Las muertes y lesiones que sufren las personas en esa zona, por lo tanto, tienen responsables en los servidores públicos que toman decisiones sobre diseño vial, bajo el inmoral criterio de que es prioritario el flujo de vehículos en la Ciudad. Ese ha sido el argumento con el que los servidores públicos de estas 3 secretarías se oponen a semaforizar cruces peatonales en un sinnúmero de puntos peligrosos en nuestras calles.

En todo el país, cuando se busca seguridad para ciclistas y peatones, los argumentos para reducir el ancho o eliminar carriles de circulación son rebotados y negados continuamente por los “técnicos”, cuyo único objetivo es garantizar la movilidad de los vehículos motorizados a lo largo de las avenidas. Con la torpe excusa de que es ilegal y genera riesgo a los conductores, optan por ponerle rejas a la calle para que los peatones no crucen o, en el más benevolente de los casos, por poner un puente peatonal para que los que caminan suban y bajen.

Aunque si se trata de reducir los anchos de carril para ampliar el flujo vehicular, como es el caso de Viaducto, Periférico y el Segundo Piso, donde los anchos de carril son sub-estándar en cuanto a la velocidad para la cual fueron diseñadas esas vías, estos mismos técnicos lo aceptan alegremente en tristes arranques de esquizofrenia. Hacemos pasar coches donde en otras ciudades sería incluso ilegal hacerlo, “abriendo la llave” de vehículos que entran a la ciudad hambrientos de espacio para utilizar.

Hay responsables, insisto, por los 24,000 muertos cada año en el país. Somos de alguna forma todos corresponsables de tanta tristeza y sufrimiento de miles de familias mexicanas, cuando aplaudimos las obras para que los automóviles inunden y vayan más rápido en nuestras ciudades, aún a costa de miles de muertos y heridos. Evitar de verdad esto se da solamente al exigir ciudades más humanas y aceptar que en realidad que esos accidentes no son tales, sino consecuencias de nuestros propios actos.

Publicado originalmente en La Vanguardia